Queridos amigos, ¿A quién no le gustaría probar y madurar los frutos de La Semilla del Diablo? No os preocupéis, no está relacionado con aquella semilla que la ciencia ficción de Roman Polanski nos presentó hace ya más de cuatro décadas. Si lo estuviese, sería en todo caso con el hecho de crear vida o salvarla, nunca perturbarla. Hablo de la semilla de la curiosidad humana. Hablo de querer ver, querer sentir, querer aprender, querer experimentar, cada día más y más. Hablo de no darse a la apatía ni a la vida fácil. Es una semilla diabólica, que no te da paz. Si le regalas un vasito de agua y unas horas de luz, pronto te pedirá litros y el solsticio de junio. Por desgracia, es una semilla que a pesar de tenerla no todo el mundo la cultiva.
Habiendo introducido esta idea, me gustaría compartir con vosotros una escena que me entristeció profundamente la semana pasada. Como cualquier otro viernes alrededor de las 7 de la tarde, bajé las escaleras de la boca de Metro de Noviciado, inmersa en mis pensamientos y tareas por realizar. El ambiente en la calle era festivo: amigos encontrándose, familias yendo juntas a comprar, oficinistas felices de estar exentos de dos largos días detrás del ordenador… Había una energía resplandeciente a mi alrededor, y eso, al estar acostumbrada a la fría rutina inglesa, me llenó de un sentimiento profundo de aceptación y empatía hacia los que me rodeaban. Bajé al andén. El panel marcaba 3 minutos para el próximo tren. Mientras tanto, como de costumbre, me distraje viendo a los pasajeros de la dirección contraria pasar. Cosa que por cierto os recomiendo, ya que es súper divertido analizar lo paradójico entre la gran variedad de caracteres e individuos ( la imagen única y original que tenemos de nosotros mismos) y a su vez qué comportamientos en sociedad tan estructurados y fielmente cumplidos (como borregos, perdón por la expresión, yo misma incluída). De repente, de entre las diversas imágenes que procesaba, mi cerebro seleccionó y se centró en la de una mujer joven, bastante guapa que sostenía unos globos amarillos, bien grandes y divertidos. Probablemente me llamó la atención por lo agradable de compartir un momento en el que la gente se lo estuviese pasando bien. Deduje que vendría de una fiesta, aunque en cuanto se paró, se sentó, y tuve la oportunidad de mirarla más fijamente no tuve tan claro (fuera aparte su opinión) que lo hubiese pasado tan bien. Hacía movimientos bruscos y algo violentos. Sus ojos estaban desorbitados y su mandíbula se balanceaba de derecha a izquierda. No era difícil adivinar que estaba bajo los efectos de alguna droga dura. Mi tren llegó en ese momento y la vi alejarse, todavía sentada, tras el cristal. Fue entonces cuando mi ánimo de alegría contagiada se desmoronó y careció de sentido.
Un estudio reciente señalaba el mero aburrimiento como la causa principal para el consumo de drogas. ¿Cómo es posible que no podamos encontrar estímulos para sensaciones nuevas, agradables y de plenitud por nosotros mismos, sin engañar a nuestro cerebro? ¿Cómo es posible que esta chica no supiese encontrar antes de las 7 de la tarde nada mejor que una raya o una pastillita para pasarlo bien? La única explicación a la que he llegado después de darle vueltas es La semilla del Diablo. Un estímulo que probablemente a todo el mundo le haya sido implantado en algún momento de su vida por sus maestros, familia o amigos. Yo, como buena adolescente la abandoné durante unos cuantos años, buscando, inconsciente de mí, sensaciones en lo externo (drogas blandas, novio..etc) que como establece la engañosa tradición te harán feliz y te realizarán. Por suerte, volví a recuperarla no hace mucho tiempo gracias a grandes amigos y fantásticos profesores. Y todavía lo hago gracias también a vosotros, compañeros de la universidad, que cultiváis en mí el ir más allá.
Por eso, mi gran objetivo, si algún día llego a ser profesora, será dar agua y luz para que la vida que esa semilla pueda crear no caiga en el olvido. Será estimular más que enseñar, puesto que un individuo inquieto puede aprender y buscar las fuentes de conocimiento y felicidad por sí solo.
Para despedirme, os dejo con un vídeo de uno de mis músicos favoritos y gran amigo, Valeriy. Una persona que me abrió los ojos y me ayudó a recuperar mi semilla diabólica. Una persona insaciable a la hora de descubrir y experimentar, por si nos puede servir de inspiración.
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Un abrazo,
Meme.
Hola Irene.
ResponderEliminarPor lo que describes, creo que es necesario hacer una distinción entre "yonki" y consumidor habitual.
Yonki viene a ser lo mismo que drogodependiente. Alguien que debido al consumo reiterado de una droga, depende FÍSICAMENTE o PSÍQUICAMENTE de la misma. Es decir, su cuerpo y su mente han llegado a considerar esa sustancia como un elemento esencial para el correcto funcionamiento del cuerpo, de tal modo, que si hay una falta de dicha sustancia, el cuerpo reacciona con un mecanismo de defensa conocido coloquialmente como "mono" o "tener el mono". En resumen, un drogodepediente ha perdido el control mental y físico en cierta medida y no consume por diversión, consume para quitarse el mono (generalmente).
Un consumidor habitual es alguien que todavía mantiene un cierto control sobre su cuerpo y su mente.En este caso no se consume por necesidad, si no por diversión, por influencia social y como tú bien dices, por mero aburrimiento (por desgracia).
Por la manera que has descrito a la persona de la estación yo diría que se trata de una drogodependiente.
PD: muy buena entrada ;)
Hola Irene
ResponderEliminarInteresante entrada, ya veo que no soy el único que se pone a observar a la gente (en el metro o donde sea, es uno de mis pasatiempos favoritos, no lo puedo evitar ;)
Me resulta interesante como pasas de plantear una hipótesis a considerarlo como cierto y reaccionar a ello. Es curioso cómo cambió tu estado de ánimo a partir de tu interpretación de la chica de los globos (y su conducta).
Las adicciones son un ejemplo de dependencia. Como tal plantean un estancamiento en lo que a desarrollo personal se refiere (al dificultar la autonomía personal que suele estar relacionada con la mayoría de los modelos teóricos que trabajan el tema de la psicología evolutiva). Gestionar nuestros límites (hacia nosotros mismos y los demás, incluyendo también hacia sustancias o actividades) es algo que no siempre trabajamos. A veces simplemente no podemos hacerlo al carecer de unas perspectiva desde la que poder objetivar dicha relación de dependencia. Si estamos sujetos a dicha relación, simplemente la actualizamos. A partir de vivir las consecuencias negativas que puede acarrear, se puede empezar a generar una distancia entre nosotros y dicha experiencia de dependencia. Ese conflicto, afortunadamente, puede ser el germen para empezar a gestionar dicha dependencia y no estar sujeto a ella.
Bueno, en esto pensaba mientras te leía.
Un saludo
Alejandro
La empatía a veces nos mata, la verdad. Es más, nos fastidia saber que es así y no poder evitar que algo te afecte aunque no quieras y aunque no tenga nada que ver contigo (al menos directamente). Al final te acuerdas de aquello de "ojos que no ven..." La diferencia entre un dependiente y alguien que sólo se divierte parece clara. Luego no es tan fácil trazar la línea. El caso es que el aburrimiento muchas veces es un veneno. No sólo el aburrimiento "ocioso". Puedes tener millones de cosas por hacer y seguir aburrido simplemente porque lo que haces no te "llena". La imaginación debbería ser la mejor arma, pero hoy día estamos sometidos a tantos estimulos para el tiempo libre que lo último que se ejercita es la imaginación, y así pasa. En relación está lo que dice Eduardo en su última entrada del Blog. ¡Cuánta falta hace la imaginación! Quizá es esta también la que nos hace ser empáticos. Imaginar cómo se siente el otro...
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